Por: Patricia Forero de Chavarría
Si me hubieran preguntado hace unos 15 años qué significaba para mí tener éxito, probablemente hubiera respondido: alcanzar un puesto gerencial, tener una casa, formar una familia y lograr cierta estabilidad económica. Ayer me hicieron nuevamente esta pregunta y, para mi sorpresa, mi respuesta fue muy diferente: Dejar una huella positiva en las personas que están a mi alrededor, que les permita seguir un camino que las acerque a Dios. ¿Qué pasó durante estos años para que mi respuesta cambiara? Cambió mi forma de ver la vida. Podría pensar que simplemente es producto de la edad o de las experiencias vividas, pero creo que tiene mucho más que ver con la manera de entender lo que es identidad y propósito.
Durante mucho tiempo pensé que lo que hacía, lo que lograba o lo que tenía definían quién era. Hoy busco hacerme una pregunta diferente: ¿Para qué me envió Dios a este mundo? Al encontrar una respuesta diferente, también cambió mi manera de entender el éxito. Ya no lo mido solamente por lo que logro, sino por la manera en que vivo, por la huella que dejo en las personas y por lo que hago con aquello que Dios ha puesto en mis manos.
En 1 Tesalonicenses 5, 16-18 encontramos una orientación que parece sencilla, pero que encierra una forma completamente diferente de vivir:
“Estén siempre contentos. Oren en todo momento. Den gracias a Dios por todo, porque esto es lo que Él quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús”.
Dios no me pide que mi prioridad sea acumular riquezas, alcanzar una posición o cuidar las apariencias. Me invita a vivir con alegría, a permanecer en oración y a ser agradecida. También he comprendido que una manera de vivir ese propósito es poner mis dones al servicio de otros, especialmente de quien más lo necesita.
Dar gracias cuando las cosas salen bien puede resultar sencillo. El verdadero reto es aprender a reconocer a Dios también en aquellas situaciones difíciles que no entendemos y que, muchas veces, si somos conscientes y dejamos que el Espíritu Santo nos ayude, podemos transformarnos en mejores personas gracias al aprendizaje recibido.
Hoy mi definición de éxito es diferente. No significa que las metas, el crecimiento profesional o los logros materiales hayan dejado de ser importantes. Significa que ya no son los que definen quién soy ni el propósito de mi vida.
Y por eso hoy quisiera dejarte dos preguntas: ¿Este artículo te ayuda a ver el éxito desde una nueva perspectiva? ¿Cómo podrías definir tu éxito para alinearlo con el propósito que Dios quiere para tu vida?
Quizás vale la pena detenernos por un momento y preguntarnos si estamos construyendo una vida que se ve exitosa ante los demás o una vida que verdaderamente tiene sentido para nosotros y para Dios.



