En algún momento de la vida, todos nos hemos preguntado quiénes somos y cuál es el propósito de nuestra existencia. Estas preguntas suelen surgir con mayor fuerza durante la juventud, cuando comenzamos a tomar decisiones que marcarán nuestro futuro y tratamos de construir el camino que queremos recorrer.
Sin embargo, por muy detallados que sean nuestros planes, si no conocemos la dirección correcta, es fácil terminar perdidos. Es como intentar navegar en medio del mar sin una brújula, esperando encontrar tierra por casualidad.
Todo navegante necesita un capitán que conozca el rumbo y pueda conducir la embarcación con seguridad. Ese capitán es Dios. Él conoce nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Nadie nos conoce mejor que Él, porque fue quien nos creó.
Entonces, ¿qué pasaría si, en lugar de esforzarnos por definir quiénes somos según nuestros propios criterios o los del mundo, permitiéramos que Dios nos mostrara la identidad que Él diseñó para nosotros desde el principio? Cuando dejamos que Él dirija nuestra vida, descubrimos no solo quiénes somos, sino también el propósito para el cual fuimos creados.


