Por: Patricia Forero de Chavarría
Durante muchos años viví tratando de cumplir con todo y con todos. Mi agenda estaba siempre llena de compromisos, responsabilidades y cosas por hacer. Mientras cumpliera, sentía que iba por buen camino. El problema se daba cuando empezaba a quedar mal. La frustración y enojo comenzaban a emerger de mi ser. Me di cuenta que pocas veces me detenía a preguntarme: ¿Qué es realmente importante en mi vida? ¿Hay algo que necesito cambiar?
Cuando vivimos ocupados es fácil entrar en piloto automático. Cumplimos con el trabajo, la familia y nuestras responsabilidades, pero podemos pasar mucho tiempo sin preguntarnos si la vida que estamos construyendo está alineada con lo que realmente queremos y, sobre todo, con lo que Dios quiere para nosotros. Con el tiempo he aprendido que detenerme no significa dejar de avanzar. Muchas veces necesitamos hacer una pausa para reconocer dónde estamos y hacia dónde queremos continuar.
En el Salmo 46, 10 encontramos una invitación que necesitamos recordar: “Estén quietos, y reconozcan que yo soy Dios”. En medio de tantas ocupaciones, también necesitamos silencio para escuchar, reflexionar y permitir que Dios nos muestre aquello que quizá nosotros no estamos viendo. No siempre se necesitan grandes cambios. A veces puede ser modificar un hábito, establecer un límite, tener una conversación con alguien especial o tomar una decisión que hemos postergado. Lo importante es atrevernos a reconocer qué se necesita cambiar.
Hoy intento hacer esas pausas y preguntarme: ¿Estoy dedicando mi tiempo a aquello que realmente es importante? ¿Estoy permitiendo que Dios guíe mis decisiones? Cambiar no siempre significa comenzar de nuevo, a veces significa detenernos, reconocer dónde estamos y tener el valor de volver a elegir.
Te invito a preguntarte: Y si hoy hicieras una pausa, ¿qué crees que Dios te está invitando a cambiar?


